Se subió a la micro y nos contó su historia. Venía de Temuco y le dio vergüenza decir que venía de la cárcel. Tuvo miedo de nuestras miradas pero nosotros tuvimos miedo de él y lo miramos de reojo. Todos escuchamos su historia (porque la pirueta para taparse los oídos con la micro andando era muy complicada) pero no la consideramos tan relevante, porque justo en ese momento pasaban otras cosas por nuestras cabezas: la hija con el pololo en la casa sola, la pruebita del viernes, el jefe que por la cresta que es jodio’.
Y el diminuto espacio de cerebro que ocupamos para pensar (el resto sencillamente descansa) venía fatigado porque siempre nuestros problemas tienen menos soluciones que los problemas de los demás.
Él quería volver a Serena y terminó su historia diciendo cualquier ayudita sirve, que el señor los bendiga.
Todos nos quisimos mirar (pero en realidad nadie levantó la vista) y sentir algo más que nada; pero ninguna alma se sobrecogió.
Su mirada comenzó a esconderse.
Sus ganas.
Su vida.
Entonces entendió que valía tres veces más con un revolver en mano.
Y el diminuto espacio de cerebro que ocupamos para pensar (el resto sencillamente descansa) venía fatigado porque siempre nuestros problemas tienen menos soluciones que los problemas de los demás.
Él quería volver a Serena y terminó su historia diciendo cualquier ayudita sirve, que el señor los bendiga.
Todos nos quisimos mirar (pero en realidad nadie levantó la vista) y sentir algo más que nada; pero ninguna alma se sobrecogió.
Su mirada comenzó a esconderse.
Sus ganas.
Su vida.
Entonces entendió que valía tres veces más con un revolver en mano.
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