Diario

¿Te conté que un día me temblaron las uñas?

Comenzaron a caerse por pedacitos hasta que una noche me di cuenta. Tuve miedo cuando desperté y descubrí que ni con las rodillas, ni las pestañas ni el pelo era suficiente.

Soledad también quería hacer temblar mis uñas, para dejarme sin ellas.

Abrí los ojos rápido, me aseguré de que su espacio en blanco siguiera ahí y busqué una lámpara con mis manos. Mis manos sangraban esta vez y mi cuerpo también se llenó de sangre. No encontré la lámpara pero siempre supe que era un intento en vano así es que comencé a recoger mis uñas.

Me dolieron las rodillas porque de pronto las uñas eran pequeños vidriecitos que descosían lo bordado en mí por uno que otro chiquillo guapo.
Pero no me paré, y cuando reuní todas mis uñas (que ahora eran vidriecitos) las junté con mis pestañas y el cabello que alguna pena de amor un día me quitó.

Todo junto era una mezcla triste dentro de un frasquito medio oscuro. Las cosas parecían mejorar, pero necesitaba embriagar la sangre que me quedaba y para eso me tomé un té sin azúcar, con nada de azúcar..

Ahora puedo seguir durmiendo tranquila.- pensé
Con la tristeza encerrada y mis dedos sin uñas lo que pueda llegar a soñar no podrá hacerme daño.

Sobre moría

Gustaba llamar a sus hijos con algún nombre extraño, de esos que encontró al leer por primera vez un libro antiguo que hablaba de Macondo (Macondo, como su primer hijo) de hojarascas y soldados de guerra que morían fusilados.

Catalina era su nombre, y le gustaba evocar los recuerdos con una tal Quintrala. No es que tuvieran algún parecido pero disfrutaba con ella la osadía de imaginar una vida distinta; y tampoco era que no le gustase la que llevaba; es que a veces necesita reír.

Le caía bien la Quintrala, porque destrozaba el corazón de los hombres sin derramar una gota de sangre, a ella le habría gustado saber cómo hacerlo pero al rato entendía (otra vez) que no tendría sentido a estas alturas, tan lejos ya de todo.

Esa tarde miraba las hojas cobrar vida afuera en el patio.

Nadie podrá entender lo que guardan sus ojos posados detrás de esos barrotes, sus ojos perdidos, exiliados de este mundo pero prisioneros de ella todavía; y ella que había sido expulsada de sus cabales sentía la sangre correr rápido por sus venas, como haciendo carrera para encontrar una salida, o explotar ahí mismo; la sangre, esa que ardía gustosa en sus entrañas, le descocía el corazón mientras iba y venía a través de sus venas y Catalina se tapa los oídos para evitar que suceda, o que termine de suceder.

No tuvo fuerzas esa vez para rebanarse las muñecas porque cargaba con la muerte en cada uno de sus huesos, y quiso esperar a que la sangre hirviera dentro de ella -quizá de pronto se evapore- pensó, quizá los insectos abandonen mi cerebro y me dejen a solas con el silencio, como ha sido siempre, como nunca debió dejar de ser.

El rojo de su pelo se puso anaranjado a las doce, cuando los barrotes filtraban el sol, y recibía pedacitos de una libertad que siempre le fue ajena.
Posó sus manos delgadas sobre los barrotes de la ventana, rodeándolos con cariño para acomodar su rostro entre ellos y mirar al sol

Estaba cansada esa vez, buscó a sus hijos dentro de un baúl; Macondo estaba sucio y Catalina regañó su rostro sin vida mientras lo limpiaba con un poco de saliva. Era felpudo al igual que el resto, aunque la Quintrala era distinta, su vestido de bailarina de ballet y sus mejillas siempre coloreadas le daban un aire aristocrático.
Quiso conversar con ella y la sentó sobre la cama, poniendo cuidado esta vez de que no se fuera a caer porque ya había perdido uno de sus deditos de porcelana la última vez que había nevado en su habitación, o dentro de ella; da igual.

Ves Quintrala? Ves lo difícil que es ser mamá? – le dijo con la mirada puesta en el techo, como esperando escuchar una respuesta desde el cielo blanco de la pieza, o desde alguno de esos rincones dónde sólo corrían arañas o quizá de entre esos barrotes acabados y fríos. De dónde fuera, esperó oír la voz que alimentaba sus pesadillas y que la había traído hasta ese lugar.

Y la escuchó, como siempre, la escuchó.

I m p e r t é r r i t o s T o d o s

Se subió a la micro y nos contó su historia. Venía de Temuco y le dio vergüenza decir que venía de la cárcel. Tuvo miedo de nuestras miradas pero nosotros tuvimos miedo de él y lo miramos de reojo. Todos escuchamos su historia (porque la pirueta para taparse los oídos con la micro andando era muy complicada) pero no la consideramos tan relevante, porque justo en ese momento pasaban otras cosas por nuestras cabezas: la hija con el pololo en la casa sola, la pruebita del viernes, el jefe que por la cresta que es jodio’.
Y el diminuto espacio de cerebro que ocupamos para pensar (el resto sencillamente descansa) venía fatigado porque siempre nuestros problemas tienen menos soluciones que los problemas de los demás.

Él quería volver a Serena y terminó su historia diciendo cualquier ayudita sirve, que el señor los bendiga.

Todos nos quisimos mirar (pero en realidad nadie levantó la vista) y sentir algo más que nada; pero ninguna alma se sobrecogió.

Su mirada comenzó a esconderse.
Sus ganas.
Su vida.

Entonces entendió que valía tres veces más con un revolver en mano.

Mentir

Y es que a veces quisiera morir sólo para romper esta rutina; esta secuencia conducente y lógica del día y la noche, de tristeza y alegría, de dolor y bien estar.
Morir un poco, morir a ratos y rajar esta tela de araña gigantesca con un pedacito de papel, de esos que pueden hacer sangrar tus dedos con un leve (mal) movimiento.

Desvariar


Entonces volvería de la muerte como Jesús y ya no tendría esta sensación de historias ya escritas, de palabras ya dichas; de ideas que ya pasaron por un cerebro antes que por el mío.

Hacerme la loca.

Creer que somos más que la repetición de un ciclo o tener la certeza que ser eso ya es ser bastante. Escudriñar entre mis razones a ver si existe alguna que me convenza dentro de las que podrían no convencerme.
Un empujoncito (me) bastaría para tantas cosas.
-Un hilo conductor no nos vendría mal-

Y en una ocurrencia desquiciada; simplemente volar.

In the clouds

No, ya no eres la misma de antes. Hace rato que dejaste de andar al paso de las nubes, hace mucho dejaste de ser la desquiciada que saltaba
y reía
y lloraba
y vivía.

Me dejaste con esta sensación angustiosa de no saber qué decir al mirarte la cara. Qué carajo debo decir si contengo las ganas del llanto cada vez que bajo los ojos.

Y todos juntos reímos en un cónclave de blasfemias patéticas porque no tenemos el coraje de enfrentarnos a la muerte
Ni al miedo
Ni a la vergüenza
Ni al invierno.

Porque ya nada esperamos de tus manos con barro; ni de tus ojos perdidos en un espacio infinito. Porque la culpa no es del olvido sino nuestra, por tener cara para olvidar, por no tener los cojones para defendernos cuando viene una verdad y nos putea, por no querer entender que el último hálito de vida se nos fue en goteos imbéciles y que perdimos el tiempo parafraseando ilusiones para retenerte.

(y aún así te largaste)

Al final del día, no hay llanto que se lleve la rabia;
ni rabia que esconda una pena.

Botada en la basura

Debajo de todo lo in servible encontré una excusa. La cuidé, la dejé bien bonita para que no te extrañaras tanto al vernos llegar. La tuve conmigo hasta que se me congelaron las manos, el alma y el corazón; la cuidé hasta que la pena llenó mi cabello de piojos, sí cariño, los piojos vienen con la muerte y yo traigo un recuerdo medio muerto en mi cabeza.

Un recuerdo medio muerto y otras costumbres; que no nos pudieron salvar de esta derrota