Laura

Desde pequeña, más bien desde niña (sí, eso sí, pero sólo para que suene más verídico) mi familia insistió en convertirme en toda una mujer, mujer bajo su concepción de lo que eso significaba, y como esa versión nunca coincidió con la mía, decidí negarme a esa realidad, a ese paradigma tan mal definido.
Todas las navidades era el mismo cuento, el regalo: un tenebroso bebé que peor que un adulto necesitaba un incentivo para reír, o llorar, ¡Cuánto odiaba a los que lloraban! Y cuando apretabas su estómago inerte todo era un suburbio de emociones falsas. De a poco me convertían en su ideal de mujer, dándome responsabilidades que no quería dentro de mi vida, ni presta ni lejana, ni real ni imaginaria.

NO.

Yo no quería atender a un hombre que, sometido al ultrajo de los años, se convirtiera en alguien vacío, de faz in expresiva, de cuerpo y manos atropellados por el tiempo.
Fue difícil entender que en algún recóndito pasadizo de mi alma, se escondía otra persona de tan distinta anatomía. Y mientras para las navidades seguían apareciendo tacitas de té, y coches en miniatura para cargar al bebé, yo acariciaba la mano de Jimena, que poco a poco se alejaba hasta desaparecer, dejándome envuelta en un sentimiento de contrariedad irremediable. ¿Era eso un crimen?

SI.

Una horrenda jugada que me dejó sin amigas. Sólo una permaneció a mi lado, sólo Laura fue capaz de entender lo que yo no entendía, de decirme qué escondían los estremecedores murmullos a mi andar.
Pero aquella verdad tan razonable para mí, fue un devastador terremoto en la familia, no quedó edificio moral en pie. La rabia de mis padres acabó con todo concepto de comprensión pensé podría recibir.
Me casaron y sólo supe el nombre de mi esposo unos días antes de la boda, es decir, unos días después del derrumbe.

La tristeza ha estado todos estos años haciendo jugarretas con mis emociones, y sólo cuando muera podré liberarme de esta jaula. Mientras, embriago mis sentidos e invento las ganas, esperando ya sin esperanza, que las atropelladas manos de mi ultrajado marido comiencen a recorrerme. Para ese entonces; yo pensaré en Laura.

El séptimo Día

Llegas sin invitación, llegas triste y te instalas en el momento más incómodo de la semana, tu vida dura veinticuatro horas pero te reinventas como las lágrimas. Llegas tarde y con un montón de excusas que nadie quiere escuchar. Traes un cuento a secas, sin metáforas sin retórica. Eres un hombrecillo tímido que se esconde en la penumbra y que por eso todos detestan. Tu cuerpo pesa como las mentiras pero tú no eres una, eres el asesino que no escogió serlo, eres el ladrón que roba por necesidad, el chiste que la gente demora en entender.

Nadie puede hacerte justicia Día Domingo, sucede que a todos les caes mal, sucede que traes horas muertas que nadie quiere vivir, traes cansancio y muchos para qué sin respuesta.
No me pidas que les explique porque yo tampoco entiendo, a mi también me parece vivir el holocausto de las horas, también siento el destierro que traes en el cuerpo cuando llegas y me duele cada palabra que te llevas.

A fin de cuentas nadie quiere lidiar contigo, eres el niño con el que nadie quiere jugar por egoísta, por no compartir sus juguetes. Eres la eternidad que no perdona.

No es el destino que escogiste pero a todos nos condena la nostalgia. Claro que tú no lo puedes ocultar.