No creas Wladimir, que nuestro amor fue de juguete, por supuesto que no
chico, y aunque reconozco mi egoísmo, no miento si digo que vi junto a mí tu carita de guerrero, juntos en una tierra donde seríamos libres, por lo menos dentro de nuestro metro cuadrado, pero libres de verdad.
No estaba dentro de mis planes perderte, y ahora que el atlántico guarda tus huesos de araucano, mi vida se fue a bailar salsa a una isla más desdichada que la Habana, y me hallo tan sola como un arraigado ideal de verdadero comunismo allá en Cuba.
Yo te quise Wladi, pero con minúscula. Me encantaste y te encanté, más que eso, me dejaste entrar en esos ojos pardos, que brillaban como la luna encaprichada en tu rostro, y desde ahí,
derechito pa tú alma, me instalé con cueros y petacas de mojitos, disfrutando hasta el más escondido rincón de nuestro cuerpo.
Yo te quiero Tere, me decías al oído con voz cálida mientras tus manos morenas acariciaban mi rostro. Te quiero tanto que voy a sacarte de aquí, a donde sea, nos escapamos juntos y que se vaya a la misma cresta Fidel y su revolución.
Para ese entonces, los ideales con los que arribaste a Cuba estaban pisoteados en el suelo, cual mendigo incapaz de sostenerse en pie.
Llegaste con ganas de estudiar música en el país “independiente” de América, pero al tiempo que te enamorabas, tu piel mestiza se desencantaba de lo que tus padres te enseñaron y cuando no encontraste la utopía de igualdad y libertad que buscabas, enfrentaste al mundo con decepcionada fiereza y entendiste lo injusto de esta revolución. Viste al mismo yanke que vi yo, entrar a un hotel de otro mundo, pagando todo lo que su capitalista alma y bolsillo le permitieran. Wladimir, yo quería ir a la par con el gringuito de descaradas ambiciones.
Te quise Wladi, me sacaste de Cuba y te arriesgaste con esta isleña que te embriagó, mi negrita, me decías, si tengo que transformarme en un facho soberbio, lo haría por ti mi negra linda.
Recuerdo tus labios mojados empapando mis besos dulces, y desde aquí, la nostalgia de haberte perdido se mofa de mi remordimiento, pero yo me oculto tras la sombra del olvido y acallo mis lágrimas, soberbias y orgullosas (igual que el facho que nunca llegaste a ser) cuya ausencia endurece mi rostro cada vez que veo el mar, porque desde estas tierras globalizadas, se ve el mismo mar que riega los sueños allá en la Habana.