I m p e r t é r r i t o s T o d o s

Se subió a la micro y nos contó su historia. Venía de Temuco y le dio vergüenza decir que venía de la cárcel. Tuvo miedo de nuestras miradas pero nosotros tuvimos miedo de él y lo miramos de reojo. Todos escuchamos su historia (porque la pirueta para taparse los oídos con la micro andando era muy complicada) pero no la consideramos tan relevante, porque justo en ese momento pasaban otras cosas por nuestras cabezas: la hija con el pololo en la casa sola, la pruebita del viernes, el jefe que por la cresta que es jodio’.
Y el diminuto espacio de cerebro que ocupamos para pensar (el resto sencillamente descansa) venía fatigado porque siempre nuestros problemas tienen menos soluciones que los problemas de los demás.

Él quería volver a Serena y terminó su historia diciendo cualquier ayudita sirve, que el señor los bendiga.

Todos nos quisimos mirar (pero en realidad nadie levantó la vista) y sentir algo más que nada; pero ninguna alma se sobrecogió.

Su mirada comenzó a esconderse.
Sus ganas.
Su vida.

Entonces entendió que valía tres veces más con un revolver en mano.

Mentir

Y es que a veces quisiera morir sólo para romper esta rutina; esta secuencia conducente y lógica del día y la noche, de tristeza y alegría, de dolor y bien estar.
Morir un poco, morir a ratos y rajar esta tela de araña gigantesca con un pedacito de papel, de esos que pueden hacer sangrar tus dedos con un leve (mal) movimiento.

Desvariar


Entonces volvería de la muerte como Jesús y ya no tendría esta sensación de historias ya escritas, de palabras ya dichas; de ideas que ya pasaron por un cerebro antes que por el mío.

Hacerme la loca.

Creer que somos más que la repetición de un ciclo o tener la certeza que ser eso ya es ser bastante. Escudriñar entre mis razones a ver si existe alguna que me convenza dentro de las que podrían no convencerme.
Un empujoncito (me) bastaría para tantas cosas.
-Un hilo conductor no nos vendría mal-

Y en una ocurrencia desquiciada; simplemente volar.