Nunca me han gustado los animales, son molestosos, impertinentes, algunos pecan de flojos y otros de hacer demasiadas estupideces dentro de muy poco tiempo. Son sucios y dependientes. Pero, en el caos de mi compleja filosofía, no puedo encontrar un sentimiento de odio hacia ellos, por lo mismo es que no soy adherente a los maltratos o a los crímenes que se cometen en contra de estas criaturas tan vulnerables, en honor a la verdad, me dan pena y los prefiero lejos.
(Demás está decir que ninguno de ellos es mi mejor amigo.)
Hace tiempo un animal de estos vino a fastidiar mi vida, a ocupar mis espacios, mi casa, se paseaba con toda la libertad que les da la patudez de creerse los dueños del mundo. Me miraba con rabia cuando pasaba frente a mí, y decía cosas que, obviamente, debido su vocabulario inferior, yo no entendía. Sólo una cosa era segura: no se iría por cuenta propia.
Me las ingenié para que saliera, y aunque siempre se demoraba, nunca olvidó el camino y se las arreglaba para entrar.
Pero, un día no volvió más, se fue sin tener que echarla, sin dar explicaciones, se fue con sus maletas bien cargadas y ahí quedaron su pieza y su familia. Ahí quedaron sus historias de papel y también algunas de las que fueron de verdad. Ahí quedaron sus facsímiles, sus cuadernos de matemáticas, sus libros, sus deudas, sus trampas y sus verdades.
De vez en cuando llega más amable de lo que realmente es, pero ya no me molesta en la hegemonía de mi patio trasero, lo que pasa es que ahora yo soy el anfitrión y ella, ella es sólo una visita.
(Demás está decir que ninguno de ellos es mi mejor amigo.)
Hace tiempo un animal de estos vino a fastidiar mi vida, a ocupar mis espacios, mi casa, se paseaba con toda la libertad que les da la patudez de creerse los dueños del mundo. Me miraba con rabia cuando pasaba frente a mí, y decía cosas que, obviamente, debido su vocabulario inferior, yo no entendía. Sólo una cosa era segura: no se iría por cuenta propia.
Me las ingenié para que saliera, y aunque siempre se demoraba, nunca olvidó el camino y se las arreglaba para entrar.
Pero, un día no volvió más, se fue sin tener que echarla, sin dar explicaciones, se fue con sus maletas bien cargadas y ahí quedaron su pieza y su familia. Ahí quedaron sus historias de papel y también algunas de las que fueron de verdad. Ahí quedaron sus facsímiles, sus cuadernos de matemáticas, sus libros, sus deudas, sus trampas y sus verdades.
De vez en cuando llega más amable de lo que realmente es, pero ya no me molesta en la hegemonía de mi patio trasero, lo que pasa es que ahora yo soy el anfitrión y ella, ella es sólo una visita.
17 de abril de 2009 a las 20:33
Me dejaste plop (de esos que son para adentro ("brígidos")) y con ganas de re-cagarme de la risa.
Notable el quiebre... qué decirte de la simbiosis, mujer! Te envidio (me carga poner títulos), y no sé si es sana envidia (jajajaja).
Está como para mostrárselo a Ricardo (me acordé del gato... ouch xD)
Miaecilla
6 de mayo de 2009 a las 17:33
felicitarte nuevamente por este relato
y desde ya te dejo enlazada a mi espacio para noperder tu ruta
aunque estes lejitos ,es sólo un tiempo que pasará volando
Un abracito de sol virtual